¿Eres o te consideras esa clase de persona que cuando tiene una prenda de vestir en las manos la arroja al suelo o a la cama como si se tratase de una araña enorme? Es decir, con asquito y de forma brusca. Yo no lo soy, excepto cuando estoy haciendo el cambio de armario, que acabo hartísima de, no de la ropa, si no de la cantidad de polvo que se acumula en ella. Soy alérgica al polvo.

Lo cierto es que esa clase de persona siempre me ha inquietado, la que trata de forma brusca y sin aprecio su propia ropa, mantas, zapatos… (aquello que sirve para vestirse o taparse, que es lo mismo). Se me hace un poco violento, como si no les importase esa clase de “materiales/objetos”, como si no mereciesen que los tratemos bien, con respeto. Me refiero a un respeto que no va más allá del que se puede tener a un material/objeto, sin llegar al culto. Por mucho que no te guste tu chaqueta de cuero, no debes tratarla como si fuera una bolsa de basura con cremallera. Por mucho que ya te hayas cansado de esa americana oversize que compraste de segunda mano, no debes pisotearla a la que te descuides. Más que nada porque seguramente esa prenda tenga una historia (que absolutamente todas la tienen), quizás formó parte del traje de boda de alguien, o del traje que se puso otro alguien en la primera cita después de su divorcio. Porque con la “gran renuncia” masculina, y a causa de ello, el establecimiento del traje masculino (compuesto en el s.XVIII por chaqueta, pantalón y chaleco) “sobrio”, considerado por Giorgio Riello como un instrumento sin tiempo o referencia al pasado (a-histórico, es decir, que no guarda referencia ni rastro con el lugar donde surgió) no significa que esa americana oversize no tenga una historia y una vida, que tú ayudas a alargar. Que, por cierto, seguirá hasta que deje este mundo. Y eso pasará tarde o temprano dependiendo de la composición de su tejido.

Aquí podríamos entrar en el debate de: ¿los objetos tienen vida?, ¿todo aquello que existe, por ende, tiene vida? ¿aunque sea “inanimado”? Pero no me interesa seguir por ahí. Lo que me interesa es seguir hablando de vestimenta, o ropa, dependiendo de cómo quieras llamarle, si eres de este siglo o de hace unos cuantos. Los conceptos varían según las gentes que los usen. Pero, ¿sabías que el concepto “moda” se afianzó tal y como lo conocemos en el siglo XVIII? Y es en ese siglo cuando se vuelve “moderna”, y a causa de ello, emana a chorro mucho rechazo por parte de ciertos países como Gran Bretaña, unos puritanos rígidos y sobrios de cuidao. Se quejaban de que la “moda nefasta francesa”, (Francia, epicentro de la moda en aquella época, se caracterizaba por una moda rebosante de lujos y excesos), transformaba a las mujeres en prostitutas y a los hombres en sodomitas. Y esta clase de discursos eran muy comunes en toda Europa. La moda, unos siglos en adelante, ligada a la revolución de consumos e industrial, nunca fue plenamente bienvenida con los brazos abiertos. No todos dijeron: “¡moda ven a mí!”, y menos un “moda, te uso y te tiro, ¿vale?”, como pasa hora. O un, “camiseta con bordados de flores que parece de kinder garden, te tiro contra el suelo sin consideración porque realmente, no importaras nada, ¿vale?”.

¿Cómo hemos llegado hasta esta posible desunión con aquello que nos viste y nos protege? ¿Por qué solo tenemos camisetas, pantalones, calcetines, braguitas, sudaderas… tiradas por la superficie de nuestro espacio? No se nos ocurriría tener el ordenador por el suelo, vasos, cojines, incluso libros. ¿Cuál ha sido el proceso hasta llegar a tal desapego, entiendo que, provocado por el fast fashion?: “puedo tener lo que quiera cuando quiera por el precio más bajo”, eso es lo que más le importa al consumidor (por elección) de este gran traga-mundos.

Quizás sorprende, pero nada viene de nuevo nunca, y este hecho aún menos. En el siglo XVIII se pasó de la moda usada (de segunda, tercera, cuarta mano, aquella que solo las clases bajas podían permitirse poseer) a la moda lista para usar, preconfeccionada, para un cliente genérico. Antes de que naciera lo que más delante se convertiría en la producción en masa, el vestido era el valor material más preciado porque, básicamente, representaba todas las pertenencias de una gran parte de la población. Era lo único que poseían, lo que llevó a considerarlo como algo de igual valor que el dinero, por eso era tan habitual el uso de prendas de segunda mano, y que estas fuesen empeñadas, vendidas, revendidas e incluso robadas, a vivos y a muertos. Una auténtica fiebre por el vestido. Pero esto se fue diluyendo cuando apareció el “ready to wear” del s.XVIII (que, en realidad, es bastante diferente al de los años 40).

Durante muchos siglos el traje únicamente era confeccionado a medida, por encargo y realizado por un sastre. Pero a menudo sucedía que sus clientes mega ricos no pasaban a recogerlos, o había errores en la confección o no resultaban adecuados. Los sastres, queriendo desprenderse de estos objetos (y sacarse un dinerete), empezaron a venderlos a un público genérico que no lo había encargado. Este hecho histórico dio el pistoletazo de salida a la confección de artículos (trajes, zapatos y accesorios) para tenerlos en stock. Y aquí, señoras y señores, es cuando podemos decir que empezó uno de los grandes milagros-desastres de la modernidad: creo la necesidad, luego la vendo.

Esto ya nos puede resultar más familiar. No me parece extraño que exista tal desapego por la ropa si lo único que importa es compra por comprar; tener por tener. Consumir como ocio. ¿Por qué si no, muchas marcas de moda durante la cuarentena aumentaron estratosféricamente sus ventas online, pese a que no podíamos salir de casa o hacer prácticamente nada? Es decir, pese a que no podíamos llevar lo que comprábamos fuera de casa y qué sentido tiene vestirse o “arreglarse” si nadie ve lo que llevas (la conformidad y la imitación son igual de importantes, si no más, en nuestras opciones indumentarias, que la libertad individual)[1]. Teníamos un ordenador y conexión a internet, crear la necesidad de comprar ropa nunca fue tan fácil. Y más si nos hacía “soñar” con volver a la normalidad, o escapar de la que vivíamos.

Por otro lado, también fue liberador dejar de vestirse cada día y ponernos algo sin pensar y sin importar el qué dirán. Dejar a un lado la ansiedad por mostrar que pertenecemos a un grupo y que no estamos solxs en nuestras decisiones indumentarias. Vestirse es un acto cargado de incertidumbre y ansiedad: «es sobre todo la ansiedad lo que determina la ropa que la gente se pone»[2]. Vivimos un momento excepcional, apenas salíamos de casa, apenas nos encontrábamos con gente en la calle. El pijama o vestir con chandal se convirtió en nuestro uniforme, como lo es el traje, los monos de trabajo… Aún así, seguimos comprando y comprando. Aquí cabe decir que, la moda no es correcto pensarla solamente como aquello que podemos comprar o que se limita a procesos de emulación. Es un fenómeno de masas y un pasatiempo que necesita espacios donde mostrarse, contemplarse y comprarse.[3] Y estamos acongojadamente expuestos a este flujo 24/7, 24h al día.

Cada vez son menos las acciones que tenemos que hacer para comprar una prenda, lo podemos hacer en un click desde casi cualquier plataforma sin la necesidad de que esta sea un e-commerce. Estamos acorraladxs por la necesidad de consumir y saciar de esta forma (errónea hasta cierto punto) nuestras ansiedades. Compramos por ansiedad la mayor parte del tiempo, aunque no nos demos cuenta. Y cuando nos llega esa prenda a casa, ¿qué sentimos? Nada. Usamos la ropa como impasse para acogernos a algo que creemos que nos dará seguridad y estabilidad. Quizás lo que nos tranquiliza, al fin y al cabo, es comprar. Asegurarnos que tendremos muchas prendas, miles de posibilidades con las que encajar, y es ahí cuando la ansiedad se reduce, de alguna forma. Hasta que vemos toda nuestra ropa tirada por el suelo y nada de lo que tenemos nos hace sentir bien. Normal que a algunas personas no les importe su ropa, no reciben nada a cambio. Porque la ansiedad nunca desvanece, no se nos permite liberarnos.


[1] YODANIS, Carrie. Vestirse. 1ª edición. Madrid: Alianza. 2021.

[2] YODANIS, Carrie. Vestirse. 1ª edición. Madrid: Alianza. 2021.

[3] RIELLO, Giorgio. Breve historia de la moda. 1ª edición. Barcelona: Gustavo Gili. 2019.

Ilustración por Paula Rodríguez

Escrito por:paula rodriguez

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