Estaba redactando la última newlsetter de 2020 y conforme iba escribiendo, me surgieron unas preguntas alrededor del miedo y de los cambios. Una de esas preguntas quise trasladarsela a mis amigas. Aquí están sus respuestas, que he querido compartir con todxs lxs lectorxs de poortz y también para deciros que os animéis a suscribiros a la newlsetter, ¡mirad que contenido tan chulo estamos haciendo! Feliz 2021 y gracias por leernos 💖

Alba Galícia

¿2020 me ha cambiado? Diría que el año en si, no ha hecho nada; de hecho, recién me empiezo a despegar de la idea que tengo del calendario (el gregoriano) y empiezo a aprender sobre cómo se dividen las etapas de cada ciclo lunar. Eso es ya un cambio, ¿verdad? Nuevas perspectivas, nuevos caminos que se descubren e invitan a explorar. Los caminos no surgen de la nada, siempre están ahí, lo que pasa es que la transformación constante de la vida los hace visibles a veces, otras no, a veces accesibles, otras imposibles… eternamente cambiantes. No existe un solo día, un solo segundo, en que todo se mantenga, por ello, cosas que nuestra percepción humana ha sentido como imposibles, el transcurso de la vida las cambió a posibles. ¿Quién iba a imaginar en 2019 que la sociedad humana se vería colapsada por un virus en 2020? Me atrevo a decir que algunos podían oler ya la presión e intuyeron que este ritmo sería difícil de mantener sin algún freno, pero fluimos en un caos que cuesta prever con exactitud el siguiente paso y, por ende, el paisaje en el que nos encontraremos. Eso ocurre a todas las escalas, desde los cambios que se producen en una colmena de abejas cuando muere la reina y se enfrenta a la necesidad de encontrar y proteger una nueva, hasta la explosión de una estrella que pasa a ser supernova. Es por ello que, sin ser ni más ni menos importante, me apetece compartir el cambio al que me he enfrentado este año: el de descubrirme a mi misma, sola, poseedora de un cuerpo prestado al que quiero cuidar, amar. Antes tenía en la mente palabras como “autoestima”, “cuidado”, “amor” y las sentía distintas a como las siento ahora. Y, en el fondo, a ti ni te va, ni te viene cuál sea mi percepción, porque lo increíble de estar aquí, ahora, es ser conocedoras de lo especial que es ser un individuo, único, en un espacio donde todo está conectado y forma la unidad. 2020 ha sido un año de cambios aparentemente grandes, pero es importante no olvidar que no llegará un día en que todo sea “perfecto”, porque la imagen que solemos atribuir a la perfección, es estática… ¿y qué gracia tendría una vida estática? Abracemos entre todos el cambio, vivámoslo con ganas de descubrir y con conciencia de que lo único que no cambia, es el eterno presente. 

Alejandro Robles

Paula me envió un audio, decía que estaba escribiendo sobre el cambio para cerrar este año con esta entrega de la Newsletter. Con un suspiro dijo que quería hablar de los nuevos comienzos y me pidió participar. Escribí: mmm a ver qué se me ocurre.

Pues me senté en el escritorio a ver qué se me ocurría. Me puse a sacar ideas de lo que pensaba sobre el cambio. Idea inmediata: escribir en cómo me afectó escribir un trabajo fnal de grado en aparente “normalidad” en un mundo parado. Descartada, demasiado inmediata. Volví a escuchar el audio y lo sentí; me había dicho algo muy interesante entre líneas: Me pidió escribir sobre el miedo al cambio, el miedo de anhelar un cambio.

Pensé ¿cómo es que todos queremos que llegue un cambio, pero nos asusta que llegue? ¿Se nos escapa sin siquiera poder sujetarlo? ¿Qué es eso del cambio que nos rehúye? Quizás podemos pre visualizar algunas de sus aristas, pero nos aterra ver cuántas más tiene por enseñar. ¿Es entonces algo inconcluso por antonomasia? Porque en el futuro siempre habrán otras cosas por cambiar, pero entonces ¿nunca habita en un a priori? Queremos poseer el nombre (cambio) como un tipo de propiedad y no realizar la transición personal (cambiar) como la acción imprescindible para llegar a su encuentro.

Pensé entonces que tenía que hablar de algo más inmediato, de algún encuentro cercano y no porque la idea inicial no me apele, sino porque hay algo que vi ayer que hoy puede explicarme mejor sobre la necesidad de cambiar (ojalá que en algo te sirva a ti, lectorx).

Ayer vi un documental que se titula ¿Quién mató a Walter Benjamin? El director se desplazó hasta Portbou, ese pueblo costero que funciona de intercambio ferroviario para ir a Francia (o llegar). El pueblo donde Benjamin presuntamente se quitó la vida el 26 O el 27 de septiembre de 1940 (“presuntamente” porque de esto va el documental. No de “quién” lo mató, como si fuese un trabajo policiaco, sino en intentar mapear algunas cosas, eventos, personas y circunstancias que rondaban por su vida durante esos días en los que su vida exhaló.)
Charló con varios testimonios en Portbou: chefs, una trabajadora en la oficina de turismo, un hotelero, un antiguo trabajador de otro hotel, investigadores, historiadores… amigos. Todos explicaron sus perspectivas, desde sus profesiones y recuerdos; llegaban a varias ideas, unas comunes, otras no tanto. Otros testimonios tenían algo de miedo,¿era miedo al pasado?, ¿miedo a hablar sobre un suicida?, ¿miedo a hablar sobre la muerte? Quizás incluso, ¿miedo a la memoria?
En un momento del documental hablaron del Ángel de la historia, una idea que Benjamin redactó en uno de sus últimos escritos: Tesis sobre la flosofía de la historia. El ángel es tomado de una pintura de Paul Klee titulada Angelus Novus y con esta pintura Benjamin explica que avanza dando la espalda al porvenir, batiendo sus alas y avanzando hacia atrás al progreso, pero mirando la historia de frente. Avanza, por tanto, progresa a ciegas. Avanza mirando de frente al presente que lentamente se vuelve pasado.

Pues vuelvo a la propuesta de escribir sobre el cambio:

El ángel mira de cara a lo que ocurre debajo, mira desastres, inventos, hechos, eventos… en defnitiva, mira la historia. Mira de cara a las cosas, por lo tanto, tenemos que afirmar que las reconoce. ¿Pero es un reconocimiento sesgado?, me da la sensación que mira al pasado como quien apunta, como quien tacha de la lista algo de la compra, como quien por ver ya ha hecho.

Quiero hacer notar que observar siempre tiene algo de expectante (porque siempre quien ve es espectador de lo que mira) y de expectativa. Pero si lo que estamos observando no vibra lo sufciente como para salirse de la mera “observación” es muy difícil que tenga una impresión (huella) en nuestro ser sensible. Se quedará como imagen y no podrá ser afecto. Y es que lo estético afecta nuestro ser cuando descubrimos que no es ajeno a nuestras experiencias y existencia: habita en el mismo plano religioso, histórico, ético y poético de nuestro ser.

Sin embargo, debo recordar que quien está mirando la historia no es un humano, es un ángel. Habita en un reino totalmente ajeno del nuestro, fuera de la estética, fuera de una fuerza (cualquiera) que le exija actuar, el ángel no se rige por impulsos: por eso no actúa. Por eso el reconocimiento me parecía sesgado. Quizás porque nunca dejamos el impulso de tener que culpabilizar a un Otro, nunca dejamos de encontrar Afuera una excusa, un salvavidas, un lugar donde arrojar todas nuestras dudas, incertidumbres, promesas, impotencias…
El ángel nos puede parecer cruel en su inacción y nos puede hacer sentir impotentes cuando no voltea los ojos ni el reconocimiento hacia el frente. Y no lo hará jamás. Por eso no está en sus manos que la historia “cambie”. El ángel “funciona” como recuerdo y si de algo “sirve” (fuera de un aspecto religioso) es en imprimir en nuestra alma la responsabilidad de actuar y responder éticamente al Afuera. Únicamente tiene la función de marcar y subrayar que toda acción pasa por y en nosotros.
Pero nosotros, los humanos, somos muy curiosos.
En muchas ocasiones me da la sensación que esperamos el anhelo del futuro como el máximo redentor, como una especie de cosa que arregla, que cura lo “pasado” (particularmente: como algo específco que está ya atrás y generalmente: el pasado como una suma de eventos ad infnitum). Pensamos el futuro como una especie de agente que mágicamente arregla las cosas. Pensamos el porvenir como un ente omnipotente que tiene en su futurabilidad, la receta del cambio. En defnitiva, pensamos que el futuro es un ungüento que perpetuamente cubre y sana y jamás se acaba. ¿No nos estamos engañando? Creo que es peor: ya sabemos que lo hacemos, pero lo ocultamos nada más y nada menos que en el porvenir. El aplazamiento es la cura, y nunca llega.

En 2 días nos comeremos 12 uvas: nos comeremos deseos, oraciones, promesas… nos comeremos el fruto de nuestras acciones en espera de que en algún momento de enero hagan digestión y se consoliden en algo cristalino, claro, táctil y “real”. Y si no es enero es febrero o marzo… “pero vaya, ya estamos en junio, no he hecho lo que me proponía”. “Ya es septiembre y el PSOE, PP, etc, no han cumplido lo que decían… habrá que votar a otro la próxima vez.”

El ángel mira atrás. Nosotros miramos al frente.

Nosotrxs: postergamos el cambio al futuro: “si no es este año el siguiente.” El pasado: con sus hechos, datos, eventos, nos recuerda que efectivamente ha pasado otro año. Y han habido muchos cambios. Que el cambio está ocurriendo siempre.

Queremos que el cambio sea un evento mesiánico (un momento de salvación) que nos extraiga del presente sólo por un momento, pero rápido se sublima, se disuelve en el “todo” de la Historia. ¿El cambio hasta qué punto puede ser redentor y cargar con ese peso? ¿Cuándo dejaremos de ocultarnos en el cambio como idea y lo empezaremos a habitar? ¿Cuándo empezaremos a responsabilizarnos sobre el cambio y nos daremos cuenta que no nos brindará ningún refugio redentor?

El cambio es mucho más un trabajo de reconocimiento y cuidado (como quien trabaja la tierra para cultivar sabiendo que siempre se tendrá que fertilizar, desparasitar, labrar y relabrar) que un resguardo (ese bunker puntual donde resguardarnos y donde hacer una ojeada del mundo exterior que nos afecta).

Nadia Servilha

Vengo a hablar un poco de lo que nos comentabas.  Para mí, el cambio este 2020 lo he vivido como un cambio en la consciencia, de cara a mis privilegios. He sido más consciente de ellos, a poder ser (y es, siempre es), porque la situacion global ha dejado al descubierto muchas verdades. Me he sentido más agradecida por lo que tengo y eso ha dado una vuelta a mi visión de la Vida. Sentía que antes era más desagredecida, por decirlo así, por el simple hecho de desaprovechar la suerte de poder disponer de tiempo, lugar, una vida sana y amor en mi vida. Todo esto me ha dado pie a, para empezar, dejar de tener la mente tan ofuscada en cosas que no tienen nada de importancia. Y, en su lugar, dejar crecer aquellas pequeñas semillitas que no dejaba brotar e ir viendo cómo pueden germinar y pasar de la idea (o abstracción) a la acción.

Es un cambio en sí mismo, se materializa algo que hasta entonces había sido ilusión, mera palabrería. En realidad, si no lo pones en práctica no te lo crees; no me creía algunas ideas que tenía en la cabeza. El gran cambio ha sido ir identificando lo superficial y querer bucear más hacia las profundidades.

Me planteo más la salud, cómo me desenvuevlo en el mundo con mis miedos e inseguridades y cómo, precisamente, crece mi miedo si no me enfrento a él. Parece lógico pero no sirve de nada si no lo vives.

Este 2020 me he sentido con ese aire para vivirlo, para empezar a moverme. Aún me queda mucho camino por delante pero quiero seguir permitiendo que florezca esta rendición hacia la vida. Rendición no con la idea de cobardía con la que nuestra sociedad se machaca tanto, sino con la de dejar de luchar contra algo que no tiene sentido, dejar de estar siempre ofuscada… mejor dicho, ¡convertir la frustración que siento en algo creador! Ese es el que cambio que por fin se ha encendido.

Para resumirlo: movilizar realmente las energías y no estar solamente conteplando pasiva e inconscientemente el humo de mi mente.

Ahora tengo ganas de hacer más cosas. De vivir.

Ilustración por Paula Rodríguez

Escrito por:paula rodriguez

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