Cuando dejo mi mente divagar, mi imaginación casi siempre suele recurrir a escenas de acontecimientos atropellados: un viaje en autobús que sale mal (cojo mucho el autobús), mi gata siendo devorada por un caracol de boca y dientes gigantes y un largo etcétera. No importa las probabilidades de que toda esa marabunta de ideas fatalistas puedan tener lugar, mi mente pilla lo primero que pasaba por ahí y lo convierte en una mala película. Como cuando pienso en la regla. Lo primero que me viene a la cabeza es una imagen, siempre la misma. La de una mujer esperando en la consulta del medico a que digan su nombre y cuando pronuncian esa palabra, se levanta de la silla y se da cuenta de que la dejó manchada de sangre menstrual, pero hace como si nada hubiera pasado sabiendo perfectamente que algo suyo impregnó de rojo chillón la silla. Lleva unos pantalones azul oscuro, zapatos marrones y es ancha de caderas.

Un día, cuando tenía once años mi familia y yo fuimos al Ikea, os podéis imaginar, carrito por aquí, carrito por allá, carreras con mi hermana, vueltas y vueltas para encontrar los vasos adecuados (los que tuvieran mejor precio y fueran bonitos). Cuando llegué a casa me di cuenta que me había bajado la regla. A diferencia de mi abuela y mi madre, tuve la suerte de saber qué era esa manchita de color marrón que había expulsado mi cuerpo. Y digo que fue una suerte porque ellas, cuando tuvieron su primera menstruación, pensaban que se iban a morir. ¿Qué otra cosa puede pensar una niña al ver toda esa sangre sin saber que se trataba de la regla?, y que además, les vendría más o menos cada mes. Ese susto es fruto de la falta de comunicación, del tabú.

En general, antes no se hablaba de la menstruación, no era una sabiduría o consciencia que se pasara de generación en generación. Mi tatarabuela nunca le habló a mi bisabuela, mi bisabuela tampoco a mi abuela y mi abuela tampoco a mi madre. Podríamos retroceder los años que quisiera que seguro que nadie habló nunca de la regla. Pero mi madre sí nos lo contó a hermana y a mí. A decir verdad, lo pudimos normalizar bastante rápido, ya veíamos anuncios de compresas y tampones en la televisión, y también gracias a una prima lejana mayor que nosotras con la que pasábamos unas semanas en las vacaciones de verano. De ella aprendimos muchas cosas en realidad, el por qué eran divertidos programas basura como “hombres mujeres y viceversa”, (¡porque hay tíos guapos hasta en el público!), el gusto de llevar collares largos y pañuelos en el pelo, incluso saber lo que es un buen beso.

De todas formas, a mi hermana y a mí nunca nos convenció para ver reality shows ni para interesarnos por tíos que aparentemente estaban cañón. Más bien esos programas eran la típica tortura de verano que teníamos que ver en casa de la abuela. Uno de los pocos clichés que son ciertos, aunque estoy segura que los niños de hoy en día están encantados.

Pero por muy normalizado que lo tuviera en mi interior, socialmente era motivo para avergonzarme cuando manchaba la silla en el colegio. Cuando tenía mi período, estaba obsesionada con que la regla no saliera de la compresa, revisaba la silla, me movía de cierta forma para ver si efectivamente, mi paranoia se había cumplido. Y cuando sucedía, estoy segura de que 1. a la gente le daba igual y 2. la persona que viera ese manchurrón rojo (lo más probable un chico), se moriría de vergüenza igual que yo, así que los dos haríamos como si nada hubiera pasado. No solo me daba vergüenza a mi, si no que también era motivo para sacar los colores a la persona de al lado. ¿De qué se tenía que avergonzar?, o más bien, ¿era una sorpresa embarazosa?, estoy segura de que a ellos si que nadie, nunca, les habló de la regla.

Pese a esos malos ratos, recuerdo uno de bueno en el que me sentí apoyada por un compañero de clase. Nótese el masculino. En el instituto lo normal era que sentaran a una persona estudiosa con una que no lo era mucho, para ver si se le pegaba algo bueno imagino (la estudiosa era yo), aunque en mi caso, lo que se pegaba era lo contrario. En fin, un día hicimos cambio de compañero de mesa y a mi me tocó un chico con el que nunca había tenido mucho contacto, pese haber estado desde la guardería juntos. Era uno de esos días en los que tenía la regla y mi paranoia se hizo realidad en la clase de castellano, me levanté y la silla tenía una de las manchas más grandes de sangre que había visto. Empecé a sonrojarme, él fue testigo de primer grado de ese “crimen” no violento, pero para mi sorpresa, mi compañero de mesa y, a partir de ese instante, fiel confidente, me ayudó a limpiar la silla con un trozo de papel que arrancó de su agenda del instituto sin decir nada (creo recordar).

Tengo que sincerarme, si no lo he hecho ya, y decir que ese momento lo recordaré siempre con cariño. Una de las pocas anécdotas que puedo contar de esa época, no tengo muchas dado a mi mala memoria.

¿Será que en su casa sí habían hablado de la regla? Ese acto me ayudó a normalizar socialmente la menstruación, no era nada por lo que tuviera que avergonzarme. Pensé para mis adentros, “¿me avergüenzo de manchar la silla de mi menstruación cuando, por ejemplo, hay otras chicas que en los baños se limpian el culo de mierda en la pared?”, ¡anda ya!

Sí, lo que acabas de leer es cierto. Llegados a este punto de mi vida, una de las cosas que he aprendido es que no se trata de si las mujeres son más sucios que los hombres, lo que sí sé es que hay personas muy guarras, sin importar lo que tengan debajo de los pantalones. Pero eso es otro tema.

Personalmente, encuentro que mi relación con la regla es un camino, algo con lo que me siento conectada, en ocasiones desconectada, pero puedo decir que le tengo cariño y es un tema del que hablo abiertamente con mi familia, mis amigos (otra vez, sin importar lo que tenga debajo de los pantalones) y mi pareja, que en este caso puedo afirmar que es hombre. Incluso con mi primo pequeño, mi hermana y yo decidimos que es algo de lo que tenemos que hablar, si surge el tema, con total normalidad con o delante de él. ¿Por qué hay que tratarlo con pinzas o, directamente, no hacerlo?, ¿verdad que todo el mundo mea y hace popó?, pues bien, más de la mitad del mundo tiene la regla. Una dolorosa, una breve, una irregular, una abundante. Forma parte de la vida de todas las personas, incluso de las que no la tienen así que, incluyámosla.

Ilustración por Paula Rodríguez

Escrito por:paula rodriguez

Un comentario en “Memorias de una regla

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