En la lámpara de mi cuarto hay tantas mascarillas colgadas como piercings e imperdibles en la oreja de un punki. Solo que éstas no cuelgan por gusto propio y por desobedecer al sistema, todo lo contrario. Es la única cosa palpable en mi cuarto que representa el estado actual sanitario y de nuestras vidas en general, y mi obediencia a ésta. Quizás también mis pulmones lo representaría bien (me da la sensación de que si seguimos mucho más tiempo con el uso obligatorio de la mascarilla se me van a atrofiar los pulmones al haberme olvidado qué es respirar bien), pero eso no es tan fácil de ver y menos de tener colgado en una lámpara.

Ayer me comí un trozo de pastel de mi 24 aniversario cerrada en mi habitación. En auto-cuarentena. Confinada en un cubículo, mi cubículo. Desde hace cinco días que paso todo el tiempo encerrada, hasta tal punto que pensé que no me iría mal un mueble de esos antiguos donde la gente se lavaba la cara por la mañana, con su espejo y cuelga toalla. También me iría bien un lavaplatos, después de estar comiendo cada día el desayuno, comida y cena dentro, se acaban formando unos olores que nunca había experimentado antes en mi habitación. Por muchos pedos que me tirase (yo u otra persona) o muchos días que estuviese sin ducharme. Terminar de comer y que de un salto el plato se introdujese en el lavaplatos, se cerrase y de mientras que ejecuta la lavada, que desprendiera aroma a limón.

Cada vez se me hace más extraño comer siempre sola cuando hay más gente en casa, puede que incluso haya perdido parte del entusiasmo que provoca comer, ahora no lo hago en compañía. No me refiero a que haya perdido las ganas de comer, todo lo contrario, siguen bien firmes, pero echo de menos reunirme con mi familia, cosa que he dejado de hacer por el bien común. En el fondo, ¿no es algo perverso que por la salud de todos, lo mejor es que vivas aislada? El mínimo contacto y la distancia personal es hoy en día la norma, la no-fiesta, la soledad, la leche caducada, un CD de Beach House rallado. Es una mierda.

Lo que es aún peor es que, aún así, no puedas evitar gran cosa. No todo está en tu mano, porque literalmente está en la mano de todo el mundo. En los “gérmenes” de la mano de todo el mundo (pero no sólo en eso), de la señora indecisa que coge y deja coge y deja los plátanos cinco veces, del muchacho que escupe a menos de un metro de ti, de las grandes superficies que no se dignan a cerrar y así evitar la marabunta de gente que se crea dentro de esos espacios tan poco solidarios con la situación sanitaria actual (pero sí solidarios con el kapital), mientras que los pequeños comercios sufren de lleno esta gran crisis que ya ha entrado por la puerta y se dirige a depositar su gran trasero lleno de mierda en el sillón con mejores vistas de la casa. Su trono le está esperando.

Pero hablemos de las relaciones sociales, porque es algo que se ha visto también directamente afectado, más para unos que para otros, pero así es. Es algo que discutimos mucho con mis amigos, exponemos la situación y como nos sentimos, las exigencias que nos vemos obligadas a cumplir. Y si no las cumples, por haber disfrutado mínimamente, te cae una especie de castigo divino, como dice Marina. Un pequeño recordatorio (autogobierno1) de que puede que la estés cagando por haber dado un medio abrazo a alguien. Aquí la paranoia entra en juego. Y ya no son esas paranoias de “¿porqué no me llama?”, “¿me habrán visto robar el recetario?”, “¿las cámaras de seguridad habrán captado como arranqué el anuncio de – aquí hay helado – del videoclub y la policía me va a venir a buscar a casa?”, “¿me van a despedir del curro?”. Aunque esta última es muy latente y siempre lo será.

Hablando de esto último con mis amigos, llegamos a una conclusión: vivimos durante una pandemia mundial y nos preocupamos por faltar al trabajo (por razones de salud, pero ahora, además de la tuya, la de quienes te rodean). ¿No deberíamos tener suficiente con vivir en época de pandemia, sin saber cuándo terminará, y lo mucho que nos va a cambiar? No vivas en el pasado dicen, ni tampoco en el futuro, ¡vive en el presente!, pero ahora, ¿quién quiere y más importante aún, puede vivir en el presente, con esta situación social, sanitaria, económica y cultural? ¿Las hormigas?, ¿los gatos?, ¿los burgueses?, ¿los súper ricos?, ¿los mega millonarios?, ¿los súper ricos mandados a Marte?

Dejando de un lado las cosas malas que pasan, y van a pasar o pueden pasar, esta situación también me hace pensar en qué cambio positivo puede darse, ¿lo va a haber? ¿Qué nos toca hacer ahora, por encima de mantener distancia social y todo lo demás? No podemos elegir la manera en la que nos transforma o afecta pero, creo que podemos elegir muchas cosas, en qué nos transformamos. Elíjanlo bien, por el bienestar común.


Pie de texto por Alejandro Robles

[1] Autogobierno: En este contexto se habla del autogobierno del cuerpo en términos de salubridad. El gobierno como aparato estructural e ideológico emplea diversos umbrales para regular el cuerpo. Podemos identificar dos importantes: 1. El umbral del Capital donde cada individuo debe usar su cuerpo -valor de uso- como un “trueque”: intercambiando continuamente sus fuerzas por un valor abstracto: dinero. 2. El umbral del Estado del Bienestar: donde cada cuerpo puede gozar de sus seguridades sólo si es capaz de traducir su valor de uso a un valor de cambio para el grueso de la sociedad. Aquí el trueque no tiene una connotación puramente simbólica y abstracta (dinero) sino que adquiere una dimensión mucho mas compleja. Con su fuerza de trabajo el cuerpo debe ser capaz de asegurarse sus seguridades sociales. El cuerpo debe ser capaz de traducir su aporte productivo a un apoyo social.

El cuerpo tiene presente el gobierno de su cuerpo y lo traduce como una responsabilidad propia. Nuestros cuerpos en este estado de crisis sanitaria están cargando con una presión y una autovigilancia de ser “responsables”. Esta responsabilidad está profundamente vehiculada por estos dos umbrales: mientras que el imperativo del capital nos sigue exigiendo que debemos seguir performando el trueque del dinero, a su vez debemos tener “cuidado” de no sobrepasar el umbral de la seguridad sanitaria. ¿Cómo consolidar estos dos polos? ¿Qué está haciendo esta fuerza antagónica en nuestro cuerpo y en nuestra psique?

Ilustración por Paula Rodríguez

Escrito por:paularodriguez

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