Lo primero que me viene a la cabeza cuando pienso en mis abuelas, además de sus graciosos cabellos, finos y suaves como los de un bebé, me viene la imagen de ellas agachadas regando las flores o cuidando de su huerto. Han cuidado desde que eran bien pequeñas; mi abuela paterna era canguro de niños ricos mayores que ella, a los que tenía que llamar “señorito”, más tarde vino el marido, los hijos, y la suegra y los propios padres a los que cuidar, además de los hijos de otros ricos de Barcelona. Ah, ¡y las nietas! Cocinar para obreros también se puede considerar cuidar, ¿verdad?, pues ella también lo hacía, en un restaurante de Barcelona. Durante toda su vida ha cuidado de las personas y de sus plantas, árboles fruteros y huerto, gatos, pájaros y hámsters, muy probablemente. Hasta que pasa lo de que toca dedicarse a cuidar de ella hasta el final.

Mi hermana y yo cada verano nos quedábamos una temporada con ella, esas semanas en las que ya teníamos vacaciones de verano en el colegio pero mis padres aún trabajan y eres demasiado pequeña para cuidarte de ti misma y de otra pequeña criatura (tu hermana). Recuerdo que para merendar hacíamos un picnic bajo la sombra de un roble enorme que había al otro lado de la calle. Nos estirábamos en el suelo, encima de una tela y jugábamos y comíamos, quizás flan o bocatas y muy probablemente fruta. Hacíamos la siesta… creo que mi memoria se confunde y cree que dormíamos allí, pero en realidad no, sentía tal sensación de relajación e imnotismo que, cuando rememoro la escena, pienso que dormíamos al fresco del roble, con las cigarras cantando sin parar y las hormigas explorando nuestra pequeña zona de picnic, y a nosotras.

Mi abuela materna seguía trabajando cuando nosotras éramos pequeñas y no hemos podido pasar la misma cantidad de tiempo con ella, pero siempre ha estado muy presente en nuestros días, de hecho se jubiló hará un par de años. Ella también a cuidado mucho de su familia, hasta que tuvo que tener dos trabajos a la vez, entonces mi madre le ayudaba a cuidar cuando ya pudo cuidarse sola, desde bien chiquita.

Mi madre tiene desde hace más de diez años una cafetería en el pueblo donde vivimos, con una pequeña terraza bien acogedora y soleada, llena de plantas, de las que se encarga mi abuela, y no duerme cuando no ha podido regarlas como es debido, con un buen “chorreón” de agua. Algunos días que me siento a hablar con ella sobre sus trucos para cuidar de las plantas y que crezcan bien sanas, éstos varían cada vez. Tiene tal manejo con ellas que puede pasar desapercibido, como si esa relación entre las plantas y mi abuela solo pudieran ser conscientes ambas partes, de lo especial y espontánea que es.

Ella vive en una especie de piso-casa con dos balcones, uno que le da el sol durante todo el día y otro que da más el aire que otra cosa. En el balcón soleado tiene su limonero, y plantas varias que ha ido plantando ella misma a base de esquejes. Lo primero que comenta cuando entras al balcón es la situación en la que se encuentra cada planta y qué futuro les augura, siempre bueno. También tiene una planta de interior a la que nunca he visto una sola hoja seca. Pero la escena no es tan idílica, (lo cual me encanta de ella), como ya habrás podido entrever, le encantan las plantas, pero también tiene varias de plástico adornando esquinas y muebles altos. ¡Qué sacrilegio!, pensarás, ¡qué contradicción! Pues no sé si lo es, pero estoy segura que a ella le da completamente igual.

Volviendo a los cuidados, no puedo evitar pensar en lo diferente que sería todo, en lo diferente que sería yo si no hubiera crecido con esa red, y al mismo tiempo, si esa red no hubiera tenido otra red en el pasado y así retrocediendo en el tiempo hasta ser un “trozo de barro”. Qué cosas, como de mucho se hubiera ido todo al garete si nunca hubiera habido una red de cuidados. Situación que me hace ver la importancia directa que tiene la herencia de ellos en nuestro crecimiento y poco a poco, en nuestra vida. Y creo que esa herencia no sería posible sin un vínculo, y me pregunto si quizás hoy día lo rompemos poco a poco dejando de cocinar las recetas de nuestras abuelas, olvidando como se teje, olvidando remedios “caseros” para curar o aliviar desde el dolor de cabeza hasta un mal de amores.

Heredar cuidados es también la herencia de las formas, de hacer y decir. Incluso con los objetos o seres vivos (plantas, por ejemplo) que te rodean, porque el cariño hacia éstos, por lo general, se hereda a través de esa enseñanza casi involuntaria que nos dan las abuelas. Tengo la habitación llena de piezas de ganchillo que hizo mi abuela paterna y mi bisabuela y los adoro, aún tengo guardada la nota que me escribió mi abuela para mi dieciséis cumpleaños, con su letra preciosa pero muy abrupta ya que no sabía muy bien leer ni escribir. A mi abuela materna la veo varias veces por semana, ella siempre está en la cafetería con mi madre y mi tía o cuidando de mi primo, yendo de un lado para otro, cuidando de todas nosotras, incluso de las clientas de la cafetería con sus gestos y su sentido del humor.

Mi interés por las plantas, más bien mi interés por el cuidado de ellas, nació a través de mis abuelas, estoy segura de que fue creciendo dentro de mi como lo hace un esqueje hasta convertirse en una planta alta y verde, me saldrán las hojas por las orejas. Pero eso pasará cuando crezca un poco más.

Ilustración por Alba Galícia

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