Si hay otra realidad demostrable y vehementemente ligada a la real a través de cada unx de nosotrxs, es la realidad virtual. Y como seres sentimentales o dramáticamente sentimentales que somos, si traspasamos los umbrales de la vida real y llevamos todo ese torbellino, nuestros sentimientos, a un chat, ¿seríamos capaces de empatizar con lo que se nos explica?

Algunos consideran que la realidad virtual es útil en medida en que se empatice a través de ella; debido a su experiencia de inmersión se genera una simulación de proximidad y realidad, incluso se han referido a ella como “la mejor máquina de empatía”.

Aunque aún no se ha publicado ningún estudio que determine con exactitud el enigmático triángulo amoroso entre una persona, su capacidad para empatizar y la realidad virtual, ¿qué tipo de empatía estaríamos generando? El hecho de referirse a ella como “máquina” nos hace entrever una contradicción; una máquina es algo frío, de elementos móviles y fijos y, si la empatía es vista como tal, poco estamos acertando en su comprensión. Ponerte en el lugar del otrx no es un movimiento que pueda representar una máquina, que no deja de ser un elemento autómata, frío y distante.

Pero, ¿es así a través de un chat? Es fácil dejarse llevar por el determinante “realidad virtual” y pensar que, dentro de sus parámetros, es difícil sentir lo que recibimos del mismo modo o parecido al que lo haríamos en la realidad. Pero si soy sincera conmigo misma y un poco más reflexiva, siempre que mis amigos me han expresado sus sentimientos a través de un chat, he sentido lo que ellos querían transmitirme; su alegría, pena o tristeza, pero no creo que fuera un sentimiento dado por mi capacidad de empatizar con lo que me contaron, sino más bien por una simple reacción a algo que he leído, así como la tengo cuando leo el Hola en la cafetería de mi madre para pasar el rato o un libro de John Berger.

Lo que recibí de mis amigxs son palabras, pero lo más importante, palabras en una pantalla. Esta delimita el significado y la expresión de aquello que se quiera decir; la pantalla te da inmediatez pero te quita el momento, la interacción, casi podríamos decir que la comunicación porque, cuando se habla por chat, cada componente de la conversación está encerrado en lugares diferentes.

En una ocasión entrevisté a la genial fotógrafa Josefina Andrés, quise que me diera su opinión sobre esta afirmación: “si no estás en Instagram no existes”, a lo que ella contestó: “totalmente cierto, pero no existes en la realidad virtual (…). Tu «yo» virtual es una extensión de tu ser, es como tu alter ego. Es tu yo digital con el que exageras y te expones de la forma que te interesa porque es un material que más o menos puedes controlar, no como en la vida real”.

Dicho esto, ¿realmente crees que podemos empatizar con una pantalla? Quizás piensas que sí porque detrás de ella hay una persona pero, ¿sabes lo que hay realmente detrás de esa mampara?, además de códigos y datos, ¿hay algo más?

Nuestros sentimientos se entienden y se sienten mucho mejor en su propia naturaleza. Muy lejos de un móvil.

Arte por Alba Galícia

 

Publicado en Libra Magazine

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