La relación entre una smartpersona y un smartphone

Nunca les he querido ni les querré ni les tendré un mínimo aprecio. Aunque a veces les echemos de menos cuando no lo tengamos a nuestro lado, o nos pongamos furiosos si nos abandonan por un rincón en el que perderse o suelo con el que chocar apasionadamente, pero establecer algún tipo de relación con un aparato electrónico, como móviles, vibradores, la PlayStation, la televisión, el aire acondicionado para otras, es algo inevitable a lo largo y extenso de este siglo y los que vienen.  

Me ha costado mucho tiempo dejar de resistirme belicosamente a esa relación, una resistencia un tanto pasiva, en realidad no he hecho nada para frenar la existencia de un móvil con internet en mi vida, en mi mundo me resisto teniendo un smartphone y sintiéndome extraña por comunicarme a través de él. Es un aparato que habla por mí, aunque sea yo la que teclee torpemente lo segundo o tercero que se me pase por la cabeza, el filtro es mucho más denso y totalmente maleable a través de una pantalla, algo con lo que tampoco acabo de conectar, aunque en ocasiones me beneficie exponencialmente de ello, como de los emojis. De ellos abuso, más bien.

Mi primera relación con un teléfono móvil no se dio lugar hasta los quince y fue un regalo sorpresa de mi tía o de mi padrina, es decir, no pasó por el señor consentimiento de mis padres, es decir, que no les hizo mucha gracia. Pero  ya era demasiado tarde retroceder, para bien, en la escala evolutiva y requisarle el móvil a la niña porque mandar sms es un derecho al que no se renuncia fácilmente.

Era rojo y no tenía internet, pero éste espécimen ya hacía años que había entrado en el juego, nací con el ciberespacio flotando por el aire como lo hicieron los querubines en su época, pero éste aún no circulaba dentro de mis venas como ahora esta pasando probablemente, ¿querubines perforando carne y adentrándose en las venas de los retratados hubiera sido el monotema sci-fi de la época? Viví mi niñez sin ser consciente del world wide web, y fue asombrosamente feliz, tenía a mi hermana, a mis padres con ideas geniales para juegos, muñecas a las que bañar y cortar el pelo, libros que leer, diarios que escribir, el don de la sociabilidad, etcétera, no usaba internet.

Ahora ésta es una substancia más que circula nerviosamente por mi cerebro y que atrofia lentamente mis percepciones. Un teléfono móvil, una aparente e inofensivo objeto que lo cambió todo, como en su momento lo hizo la rueda, electricidad, la imprenta (aunque no sin un duro trabajo de artesanía), o los sillones reclinables o las Kardashian.

Me compré mi primer smartphone, otra vez rojo, sin ser consciente de que esa cosa que sospechosamente se calentaba demasiado, se convertiría en un valor material equivalente a las barras de los vagones del metro de la Linea 1 de Barcelona (se tambalea mucho, es muy activa profesionalmente). Nuestra relación ha ido evolucionado con el paso del tiempo, no para bien ni para mal, simplemente ha cambiado de forma, a una menos extraña. Y en cierta manera, eso me transmite aún más desconfianza. A veces se me olvida que realmente somos nosotros quienes controlamos al aparato electrónico y no al revés. Todo parece raro a través de una pantalla: las imágenes, los muchos emojis que cubren todos tus estados de ánimo y sobretodo las palabras. Quiero mantener la extrañeza, seguir separando el mundo virtual del real; mi teléfono de mi expresión como persona y como tal. 

paularodriguez

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