Que alguien de pueblo quiera evitar la pregunta ‘’¿y tú donde vives?’’ es un cliché y una institución en la pérdida del factor interesante, atributo que sí tienen aquellxs que viven en una ciudad. Aunque no sepan prácticamente como es la luz natural en una habitación, ni les parezca normal saludar a la gente por la calle, generalmente nos parece mucho más cautivador ser de ciudad que de pueblo.

Conforme iba creciendo fui creando una especie de complejo infundado sobre ello, sobre ser de pueblo, por vivir en un lugar en el que aún pasan tractores por la avenida principal, uno en el que hace muchos años atrás aún podías hacer planes más salaos que  quedar con amigxs y comer pipas en el parque del ambulatorio o beber en verano chupitos de tequila solx en casa pork nadie keda. Incluso cuando te dicen ”antes todo esto era campo” es menos chocante porque aún sigue habiendo bastante de eso, como mucho puedes sorprendente con ”mira, el año pasado este barrio no estaba asfaltado” o ”mira, aquí tu madre se lo pasaba genial bailando y bebiendo San Fransicos, pero sin alcohol, eh”.

Dos cines, un minigolf y unos cuantos clubs donde no sólo iban drogadictos de cincuenta años se cerraron como se cerró la posibilidad de que el pueblo no estuviera desierto un sábado por la tarde, como poco. Aunque en aquellos edificios, ahora abandonados, sigan habiendo cacas y polluelos de paloma y los tractores continúen contoneándose por el pueblo, mi parecer ha cambiado. 

He mirando más allá de la nariz de mi desilusión y me he dado la oportunidad de observar las flores, pájaros, montañas, carreteras, mosquitos, tractores, bolsas de chuches, ortigas, hormigas, avispas y abejas que entran en tu casa tres días seguidos; el aburrimiento con el que lxs niñxs de trece años pasean por el pueblo y la tranquilidad de ese desierto urbano para así apreciar y presumir del lugar que me ha visto beber y caerme del longboard por primera vez. Bueno, y crecer. No ver cada cinco años una mariquita me hace muy feliz, o por saber cuando se puede pisar o no un campo, incluso que los cardos duelen mucho, y por no tener el mínimo interés en tocar una torre eléctrica gigante, porque aunque esté en el campo rodeada de flores y trigo y por ello parezca un lugar idílico,  no es buena idea, personas de ciudad. 

Vivir en un pueblo es un privilegio por todo ello, pero sólo si te das cuenta. (Y un lugar Zen para los amigxs de la gran urbe que vienen a pasar unos días).

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