Veintiún años ya se dice un poco más lento. Me gusta que la tilde esté en la última sílaba, y siempre he sido una persona más de esdrújulas que de agudas. Es algo que no tiene una explicación lógica, como por qué me gusta cada vez más la mayonesa de marca blanca, simplemente me gusta. Al igual que cumplir años, pero celebrar el cumpleaños cuando la infancia y adolescencia queda atrás, es rozar la línea de lo razonable y cruzar la de lo absurdo, ¿no? Pero, ¿a qué alma no le gusta ser el centro de atención por un día?, o comer ‘’ pà de passic’’ durante una semana.

Aunque de momento no haya celebrado mi cumpleaños pero sí cumplido veintiún años, y me sienta algo más mayor, la objetividad me dice que aún soy una cría de mamífero que acaba de nacer y por consecuencia, acaba de inhalar las afortunadas moléculas de CO2 que pasan por allí. Porque cuando te haces mayor, puedes utilizar las frases ‘’ya han pasado diez años’’ o ‘’ en esa época aún tenia pelo’’ para rememorar grandes o nefastos momentos. A mi edad, si recuerdo mi vida de hace diez años, el único cambio transcendental que podría reconocer en las personas que me rodean y en mí, es la desaparición y aparición de acné. 

A los veintiuno, mi habitación, ese espacio personal que evoluciona al mismo tiempo que yo y mis cortes de pelo, es un híbrido entre un armario con fotografías enganchadas con celo de Madonna, Tilda Swinton, una chica desconocida retratada por Lola Flash en Londres, el cartel de ‘’Votes for Woman’’ de la lámina de historia de la ESO, un retrato de Amelia Earhart junto su avioneta y un anuncio de Missoni de los noventa con un un sofá cama de tres plazas de Ypperlig. No lo tengo demostrado, pero estoy segura que una persona adulta tendría pesadillas al dormir en mi habitación, ya que volvería a sentir el vacío existencial que vivió entre la adolescencia y la etapa adulta. Recordaría lo extrañxs que se sentía hace diez, veinte, treinta años.

Mi padre aún me pregunta si me apetece ver Nobita. Es increíblemente insultante. Yo me lo pienso, pero prefiero estar en mi habitación híbrida escuchando música y escribiendo mientras le voy dando sorbos al vaso medio lleno de agua de la fiesta mayor y pensando en los momentos en los que me he sentido mayor, cuando acabo de salir de trabajar sintiéndome madura e independiente. Entonces pienso en lo hambrienta que estoy y las ganas que tengo de devorar la comida que haya cocinado mi padre. Y ahí termina la fantasía de ser mayor de una recién veinteañera, justo cuando cruzo la calle Bailén.  Así que procuro llevar galletas, nueces, un zumo de melocotón y un plátano cada día para evitar estar hambrienta cuando voy camino a casa, un camino de metro, bus y andar.

Dicho esto, he tenido una duda, ¿llenar el estómago para hacerme creer que soy lo que puede que aún no sea, es bueno? Si tengo que, más o menos, esforzarme para mantener mi ego en el sitio dónde quiero que esté, es decir, codeándose con la madurez, significa que ya tengo la respuesta a mi pregunta inicial. Aunque tenga un trabajo, una tarjeta de crédito, una cartilla y tenga el poder de gastarme todo mi dinero en veinticuatro horas comprando por internet, no soy mayor. O al menos todo lo mayor que quiero ser. Tampoco diré que soy una niña, porque eso no sería verdad. Así que simplemente sé que los veintiuno son los nuevos trece, pero a otro nivel.

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